Elizabeth Bishop: Poemas, versiones de Laura Crespi

f_e_bishop7Elizabeth Bishop es una de las continuadoras de la dulce ficción que la poesía norteamericana del siglo XX ha ido narrando según la huella imaginista y una retórica de irrigación barroca.  A continuación, una serie de poemas y una pequeña obra de Marianne Moore (maestra, mentora y amiga) sobre la poeta. Versiones y artículo introductorio, por Laura Crespi.

Elizabeth Bishop (Worcester, Massachusetts, 1911-Boston, 1979). Poeta de la exactitud, la claridad y la precisión descriptiva, Bishop organiza sus poemas desde una “experta disposición de las pausas”, una “mecánica de presentación donde los adornos son estructurales”, una, en definitiva, “cautelosa indagación de sí misma”, en la que “la  sensación, aún más difícil de capturar que la apariencia, es objetivada misteriosamente bien”. Viajes, paisajes, naturaleza, escenarios marinos de una geografía quieta, donde se desplaza la mirada con un acervo interior: caudal y colección de un fluido humorístico e intelectual, que convierte siempre a la imagen en una especulación del mundo interno, una pregunta que se hace una nena de siete años: ¿Por qué yo sería yo, o cualquier otro? ¿Cómo es que yo estaba acá, como ellos…? En un instante, en muchos poemas de Bishop, la descripción, “nunca directa y siempre verosímil”, se detiene y las imágenes se desfiguran y recomponen en reflexiones que abren los objetos en y para sí. La especulación abre también ese mundo exterior donde las cosas nos sorprenden transformándose y abriéndose en infinitos detalles y pormenores que una mirada lúcida registra y examina. Entonces “el arte que “corta sus facetas desde adentro” (como el iceberg) puede mitigar el sufrimiento, puede incluso ser un instrumento de la felicidad”, y en definitiva de cómo nos imaginamos que el conocimiento es. The Complete Poems 1927-1979, reúne los 110 poemas que componen su obra poética (los libros Norte y sur, Una primavera fría, Preguntas de viaje, Geografía III más algunos poemas sueltos y de juventud), y algunas traducciones del portugués y del español (Manuel Bandeira, Vinicius de Moraes, Octavio Paz, entre otros). Amiga de Marianne Moore, a quien conoce en sus años de formación en Vassar College, funda la revista Con Spirito junto a otras poetas de su generación, y luego dedica algunos años a viajar con la renta, acumulada durante los años de estudio, de su padre, quien muere antes de que ella cumpliera un año. Por otro lado, su madre es internada en un psiquiátrico cuando ella tiene cinco y nunca más la vuelve a ver. Esa orfandad también subyace a esa mirada despojada, a veces lúgubre, y vacía sobre los lugares, y a la vez desplegada en un cielo con garzas blancas despegando como ángeles/volando y ladeándose tan alto y tan lejos como quieren/en distintas hileras de espejos inmaculados, en detalles, en definitiva, exactos y estallados en una proliferación increíble y propia del genio imaginativo de Bishop. Vive durante quince años en Brasil, en una casa arriba de un morro con su pareja de ese período, una arquitecta famosa y millonaria de ese país, con quien rompe relación y vuelve a Estados Unidos. Pasa los últimos diez años de su vida en Boston, donde da clases y conferencias, gana premios y se traslada a su casa en Maine, durante los veranos, en una isla llamada North Haven.

* Los encomillados son citas del artículo de Marianne Moore “Una experta modesta”, y las itálicas partes de poemas de Elizabeth Bishop.

 

Poemas

El alce

para Grace Bulmer Bowers

Desde provincias estrechas
de pescado y pan y té,
hogar de las mareas largas
donde la bahía deja el mar
dos veces al día y toma
los largos recorridos de los arenques,

adonde si el río
entra o se retira
en una pared de espuma marrón
depende de si encuentra
a la bahía entrando,
a la bahía fuera de su lugar;

donde, enarenado de rojo
a veces el sol se pone
mirando hacia un mar rojo,
y otros, veteando el lavanda
llano, barro fértil
en corrientes encendidas;

y, prolijas, iglesias de madera
por hileras de arces de azúcar,
pasando casas de campo
y prolijas, iglesias de madera,
blanqueadas, surcadas como almejas,
pasados un par de abedules gemelos plateados,

a través de la tarde noche
un colectivo viaja hacia el oeste,
el parabrisas destella rosa,
un rosa rebotando del metal,
cepillando el flanco abollado
del esmalte azul, destartalado;

por hondonadas, se eleva
y espera, paciente,
mientras un viajero solo
da besos y abrazos
a siete familiares
y un collie supervisa.

Adiós a los olmos,
a la granja, al perro.
El colectivo arranca. La luz
se intensifica; la niebla,
movediza, salada, tenue,
viene cerrándose.

Sus cristales redondos, fríos
se forman y deslizan y asientan
en las plumas blancas de las gallinas,
en repollos grises vidriosos,
sobre rosas de repollos
y lupinos como apóstoles;

las dulces arvejas se adhieren
a su blanca fibra húmeda
sobre los cercados blanqueados;
se arrastran los abejorros
dentro de las campanitas,
y la noche comienza.

Una parada en Bass River.
Luego las economías:
baja, media, alta;
cinco islas, cinco casas,
donde una mujer sacude un mantel
después de la cena.

Un parpadeo pálido. Pasó.
El pantano de Tantramar
y el aroma salado del heno.
Un puente de acero tiembla
y un tablón suelto cruje
pero no cede el paso.

A la izquierda, una luz roja
nada a través de la oscuridad:
la linterna del puerto de un barco.
Aparecen dos botas de goma,
iluminadas, solemnes.
Un perro ladra una vez.

Sube una mujer
con dos bolsas del mercado,
enérgica, pecosa, mayor.
“Una noche espléndida. Sí, señor,
todo el camino hacia Boston.”
Nos mira amigablemente.

Luz de luna mientras entramos
a los bosques de Nueva Brunswick,
peludos, rasposos, fragmentados;
luz de luna y bruma
atrapadas en ellos como lana de oveja
sobre arbustos en una pradera.

Los pasajeros se recuestan en sus asientos.
Ronquidos. Algunos largos suspiros.
Una divagación ensoñadora
comienza en la noche,
una apacible, auditiva,
lenta alucinación…

Entre ruidos y crujidos,
una vieja conversación
que no nos concierne,
pero que reconocemos, en algún lugar,
desde el fondo del colectivo:
voces de abuelos

ininterrumpidamente
hablando, eternamente:
nombres que se mencionan,
cosas finalmente esclarecidas;
lo que él dijo, lo que ella dijo,
quién consiguió la pensión;

muertes, muertes y enfermedades;
el año en el que volvió a casarse;
el año (en que algo) pasó.
Murió dando a luz.
Ese fue el hijo perdido
cuando la barcaza naufragó.

Empezó a tomar. Sí.
Ella empezó a caer.
Cuando Amos empezó a rezar
hasta en el almacén y
finalmente la familia
tuvo que encerrarlo.

“Sí…” ese peculiar
afirmativo. “Sí…”
Una respiración contenida,
mitad gemido, mitad aceptación,
que significa “La vida es así.
Lo sabemos (también la muerte).”

Hablando como hablaban
en la vieja cama de plumas,
en paz, una y otra vez,
luz de lámpara tenue en el pasillo,
por la cocina, el perro
escondido en su manta.

Ahora, está todo bien ahora
incluso para dormirse
así como en todas esas noches.
De repente el colectivero
frena con un sacudón,
apaga las luces.

Un alce ha salido
del bosque impenetrable
y está parado ahí, se asoma en realidad,
en la mitad de la calle.
Se aproxima; olfatea
el capó caliente del colectivo.

Imponente, sin cornamenta,
alto como una iglesia,
doméstico como una casa
(o seguro como las casas).
La voz de un hombre nos asegura
“Perfectamente inofensivo…”

Algunos de los pasajeros
exclaman en susurros,
como niños, suavemente,
“Realmente son grandes criaturas.”
“Es tremendamente liso”
“Mirá! Es hembra!”

Tomándose su tiempo,
examina el colectivo,
grandioso, de otro mundo.
¿Por qué, por qué sentimos
(todos sentimos) esta dulce
sensación de alegría?

“Curiosas criaturas,”
dice nuestro tranquilo conductor,
haciendo rodar sus erres.
“Miren eso, por favor.”
Después pone un cambio.
Por un momento más,

estirándose hacia atrás,
se puede ver al alce
sobre el pavimento iluminado por la luna
luego aparece un vago
olor a alce, un agrio
olor a gasolina.

 

The Moose

For Grace Bulmer Bowers

From narrow provinces
of fish and bread and tea,
home of the long tides
where the bay leaves the sea
trice a day and takes
the herrings long rides,

where if the river
enters or retretas
in a wall of brown foam
depends on if it meets
the bay coming in,
the bay not at home;

where, silted red,
sometimoes the sun sets
facing a red sea,
and others, veins the flats’
lavender, rich mud
in burning rivulets;

on red, gravelly roads,
down rows of sugar maples,
past clapboard farmhouses
and neat, clapboard churches,
bleached, ridged as clamshells,
past twin silver birches,

through late afternoon
a bus journeys west,
the windshield flashing pink,
pink glancing off of metal,
brushing the dented flank
of blue, beat-up enamel;

down hollows, up rises,
and waits, patient, while
a lone traveller gives
kisses and embraces
to seven relatives
and a collie supervises.

Goodbye to the elms,
to the farm, to the dog.
The bus starts.  The light
grows richer; the fog,
shifting, salty, thin,
comes closing in.

Its cold, round crystals
form and slide and settle
in the white hens’ feathers,
in gray glazed cabbages,
on the cabbage roses
and lupins like apostles;

the sweet peas cling
to their wet white string
on the whitewashed fences;
bumblebees creep
inside the foxgloves,
and evening commences.

One stop at Bass River.
Then the Economies
Lower, Middle, Upper;
Five Islands, Five Houses,
where a woman shakes a tablecloth
out after supper.

A pale flickering.  Gone.
The Tantramar marshes
and the smell of salt hay.
An iron bridge trembles
and a loose plank rattles
but doesn’t give way.

On the left, a red light
swims through the dark:
a ship’s port lantern.
Two rubber boots show,
illuminated, solemn.
A dog gives one bark.

A woman climbs in
with two market bags,
brisk, freckled, elderly.
“A grand night.  Yes, sir,
all the way to Boston.”
She regards us amicably.

Moonlight as we enter
the New Brunswick woods,
hairy, scratchy, splintery;
moonlight and mist
caught in them like lamb’s wool
on bushes in a pasture.

The passengers lie back.
Snores.  Some long sighs.
A dreamy divagation
begins in the night,
a gentle, auditory,
slow hallucination. . . .

In the creakings and noises,
an old conversation
–not concerning us,
but recognizable, somewhere,
back in the bus:
Grandparents’ voices

uninterruptedly
talking, in Eternity:
names being mentioned,
things cleared up finally;
what he said, what she said,
who got pensioned;

deaths, deaths and sicknesses;
the year he remarried;
the year (something) happened.
She died in childbirth.
That was the son lost
when the schooner foundered.

He took to drink. Yes.
She went to the bad.
When Amos began to pray
even in the store and
finally the family had
to put him away.

“Yes . . .” that peculiar
affirmative.  “Yes . . .”
A sharp, indrawn breath,
half groan, half acceptance,
that means “Life’s like that.
We know it (also death).”

Talking the way they talked
in the old featherbed,
peacefully, on and on,
dim lamplight in the hall,
down in the kitchen, the dog
tucked in her shawl.

Now, it’s all right now
even to fall asleep
just as on all those nights.
–Suddenly the bus driver
stops with a jolt,
turns off his lights.

A moose has come out of
the impenetrable wood
and stands there, looms, rather,
in the middle of the road.
It approaches; it sniffs at
the bus’s hot hood.

Towering, antlerless,
high as a church,
homely as a house
(or, safe as houses).
A man’s voice assures us
“Perfectly harmless. . . .”

Some of the passengers
exclaim in whispers,
childishly, softly,
“Sure are big creatures.”
“It’s awful plain.”
“Look! It’s a she!”

Taking her time,
she looks the bus over,
grand, otherworldly.
Why, why do we feel
(we all feel) this sweet
sensation of joy?

“Curious creatures,”
says our quiet driver,
rolling his r’s.
“Look at that, would you.”
Then he shifts gears.
For a moment longer,

by craning backward,
the moose can be seen
on the moonlit macadam;
then there’s a dim
smell of moose, an acrid
smell of gasoline.

 

Llegada a Santos

Acá hay una costa; acá hay un puerto;
acá, después de una delgada línea de horizontes, hay una escenografía:
conformadas de un modo poco práctico y, quién sabe, autocompasivas
estas montañas tristes y duras bajo su frívolo verdor,

con una pequeña iglesia en una de sus cimas. Y almacenes,
algunos de ellos pintados con un rosa pálido, o azul,
y algunas palmeras altas, inciertas. Oh, turista,
¿es así como este país va a responderte a vos

y a tus pretenciosas exigencias de un mundo distinto,
y una vida mejor, y una completa comprensión
de ambos por fin, e inmediatamente,
después de dieciocho días en suspensión?

Terminá tu desayuno. Está viniendo la lancha,
una barcaza extraña y vieja, flameando un trapo brillante y raro.
Así que esa es la bandera. Nunca la había visto antes.
De alguna manera nunca pensé que habría una bandera,

pero había una, por supuesto. Y monedas, supongo,
y papel moneda; que están ahí para ser descubiertos.
Y ahora cuidadosamente bajamos de frente por la escalera,
yo y una compañera de viaje llamada Miss Breen,

descendiendo en medio de veintiséis cargueros
esperando a ser cargados con granos de café verde.
Por favor, chico, tené más cuidado con el gancho del bote!
Mirá! Uh! Se enganchó en la pollera de Miss Breen!

Miss Breen tiene unos setenta años,
una policía retirada, mide un metro ochenta,
con hermosos y brillantes ojos azules y una amable expresión.
Su hogar, cuando está en su casa, es en Glens Falls,

Nueva York. Listo. Estamos acomodados.
Los oficiales de la aduana hablarán inglés, esperamos,
y nos dejarán pasar nuestro whisky y nuestros cigarrillos.
Los puertos son necesarios, como el jabón y las estampillas,

pero casi nunca parece preocuparles la impresión que causan,
o, como ahora, único intento, total no importan realmente,
los colores indefinidos del jabón, o de las estampillas del correo
consumiéndose como aquél, deslizándose igual que el último lo hizo

al enviar las cartas que escribimos en el barco,
ya sea porque la plasticola acá es de inferior calidad
o por el calor. Dejamos Santos de inmediato;
vamos hacia el interior.

Enero, 1952.

 

Arrival at Santos

Here is a coast; here is a harbor;
here, after a meager diet of horizon, is some scenery:
impractically shaped and –who knows?– self-pitying mountains,
sad and harsh beneath their frivolous greenery,

with a little church on top of one. And warehouses,
some of them painted a feeble pink, or blue,
and some tall, uncertain palms. Oh, tourist,
is this how this country is going to answer you

and your immodest demands for a different world,
and a better life, and complete comprehension
of both at last, and immediately,
after eighteen days of suspension?

Finish your breakfast. The tender is coming,
a strange and ancient craft, flying a strange and brilliant rag.
So that’s the flag. I never saw it before.
I somehow never thought of there being a flag,

but of course there was, all along. And coins, I presume,
and paper money; they remain to be seen.
And gingerly now we climb down the ladder backward,
myself and a fellow passenger named Miss Breen,

descending into the midst of twenty-six freighters
waiting to be loaded with green coffee beaus.
Please, boy, do be more careful with that boat hook!
Watch out! Oh! It has caught Miss Breen’s

skirt! There! Miss Breen is about seventy,
a retired police lieutenant, six feet tall,
with beautiful bright blue eyes and a kind expression.
Her home, when she is at home, is in Glens Fall

s, New York. There. We are settled.
The customs officials will speak English, we hope,
and leave us our bourbon and cigarettes.
Ports are necessities, like postage stamps, or soap,

but they seldom seem to care what impression they make,
or, like this, only attempt, since it does not matter,
the unassertive colors of soap, or postage stamps–
wasting away like the former, slipping the way the latter

do when we mail the letters we wrote on the boat,
either because the glue here is very inferior
or because of the heat. We leave Santos at once;
we are driving to the interior.

January 1952

 

Preguntas de viaje

Hay demasiadas cascadas acá; los arroyos amontonados
se precipitan muy rápido hacia el mar,
y la presión de tantas nubes en las cimas de las montañas
hace que desborden por los lados en suave cámara lenta,
volviéndose cascadas bajo nuestros mismos ojos.
Porque si estas líneas, estas brillantes y kilométricas cortinas de lágrimas,
no son cascadas todavía,
en una era veloz, o algo así, como transcurren las eras acá,
probablemente van a serlo.
Pero si estas corrientes y nubes siguen viajando, viajando,
las montañas parecen los cascos de barcos volcados,
llenos de barro y moho.

Pensá en el largo viaje a casa.
¿Debimos quedarnos allá pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?
¿Está bien estar observando extraños en una obra
en el teatro más extraño aún?
¿Qué infantilismo es éste que mientras queda un aliento de vida
en nuestros cuerpos, deseamos salir corriendo
a ver cómo sale el sol del otro lado?
¿El picaflor más pequeño y verde del mundo?
¿Observar detenidamente una obra de piedra inexplicable,
inexplicable e impenetrable,
desde cualquier punto de vista,
vista instantáneamente y siempre, siempre admirable?
¿Ah, debemos soñar nuestros sueños
y además tenerlos?
¿Y nos queda lugar para un nuevo atardecer plegado,
cálido todavía?

Pero seguro hubiera sido una lástima
no haber visto los árboles a lo largo de esta calle,
realmente exagerados en su belleza,
no haberlos visto gesticulando
como nobles mimos, vestidos de rosa.
No haber tenido que parar a cargar nafta y haber escuchado
el triste canto de dos notas,
de unos zuecos dispares de madera
golpeando distraídos sobre el suelo
manchado de grasa de la estación de servicio.
(En otro país los zuecos estarían testeados.
Cada par hubiera tenido el mismo sonido.)
Una lástima no haber escuchado
la otra música, menos primitiva, del pájaro gordo y marrón
que canta sobre la bomba rota de la nafta
en una iglesia de bamboo del barroco jesuita:
tres torres, cinco cruces plateadas.
Sí, una pena no haber reflexionado,
borrosamente y sin llegar a conclusiones,
en qué conexión pudiera existir por siglos
entre el calzado de madera más ordinario
y, cuidadosas y delicadas,
las fantasías talladas en jaulas de madera.
Nunca haber estudiado historia
en la caligrafía débil de las jaulas de pájaros cantores.
Y nunca haber tenido que escuchar la lluvia
tan parecida a los discursos de los políticos:
dos horas de oratoria continua
y luego un súbito silencio dorado
en el que el viajero saca un cuaderno, y escribe:

“¿Es una falta de imaginación lo que nos trae
a lugares imaginados, y no simplemente quedarnos en casa?
¿O pudo Pascal no haber estado del todo en lo cierto
sobre tan sólo permanecer sentado en el silencio del cuarto?

Continente, ciudad, país, sociedad:
La elección no es nunca amplia y nunca libre.
Y acá, o allá… No. ¿Deberíamos habernos quedado en casa,
donde sea que ella esté?”

 

Questions of travel

There are too many waterfalls here; the crowded streams
hurry too rapidly down to the sea,
and the pressure of so many clouds on the mountaintops
makes them spill over the sides in soft slow-motion,
turning to waterfalls under our very eyes.
–For if those streaks, those mile-long, shiny, tearstains,
aren’t waterfalls yet,
in a quick age or so, as ages go here,
they probably will be.
But if the streams and clouds keep travelling, travelling,
the mountains look like the hulls of capsized ships,
slime-hung and barnacled.

Think of the long trip home.
Should we have stayed at home and thought of here?
Where should we be today?
Is it right to be watching strangers in a play
in this strangest of theatres?
What childishness is it that while there’s a breath of life
in our bodies, we are determined to rush
to see the sun the other way around?
The tiniest green hummingbird in the world?
To stare at some inexplicable old stonework,
inexplicable and impenetrable,
at any view,
instantly seen and always, always delightful?
Oh, must we dream our dreams
and have them, too?
And have we room
for one more folded sunset, still quite warm?

But surely it would have been a pity
not to have seen the trees along this road,
really exaggerated in their beauty,
not to have seen them gesturing
like noble pantomimists, robed in pink.
–Not to have had to stop for gas and heard
the sad, two-noted, wooden tune
of disparate wooden clogs
carelessly clacking over
a grease-stained filling-station floor.
(In another country the clogs would all be tested.
Each pair there would have identical pitch.)
–A pity not to have heard
the other, less primitive music of the fat brown bird
who sings above the broken gasoline pump
in a bamboo church of Jesuit baroque:
three towers, five silver crosses.

–Yes, a pity not to have pondered,
blurr’dly and inconclusively,
on what connection can exist for centuries
between the crudest wooden footwear
and, careful and finicky,
the whittled fantasies of wooden footwear
and, careful and finicky,
the whittled fantasies of wooden cages.
–Never to have studied history in
the weak calligraphy of songbirds’ cages.
–And never to have had to listen to rain
so much like politicians’ speeches:
two hours of unrelenting oratory
and then a sudden golden silence
in which the traveller takes a notebook, writes:

“Is it lack of imagination that makes us come
to imagined places, not just stay at home?
Or could Pascal have been not entirely right
about just sitting quietly in one’s room?

Continent, city, country, society:
the choice is never wide and never free.
And here, or there . . . No. Should we have stayed at home,
wherever that may be?”

 

Un arte

El arte de perder no es difícil de dominar;
tantas cosas parecen cargadas con la intención
de perderse, que su pérdida no es una catástrofe.

Perdé algo cada día. Aceptá el bajón
de perder las llaves, de la pérdida de tiempo.
El arte de perder no es difícil de dominar.

Después practicá perder más lejos y más rápido
lugares y nombres, y donde pensabas viajar.
Nada de esto será una catástrofe.

Perdí el reloj de mi mamá. Y mirá! Se fue
mi última o mi anteúltima casa, de las tres que tanto amé.
El arte de perder no es difícil de dominar.

Perdí dos ciudades, las amaba. Y, más aún,
algunos reinos que poseía, dos ríos, un continente.
Los extraño, pero no fue una catástrofe.

–Incluso al perderte a vos (la voz graciosa, el gesto
que amo) no habré mentido. Es evidente
que el arte de perder no es difícil de dominar
aunque pueda parecer (escribilo ya!) una catástrofe.

 

One Art

The art of losing isn’t hard to master;
so many things seem filled with the intent
to be lost that their loss is no disaster,

Lose something every day. Accept the fluster
of lost door keys, the hour badly spent.
The art of losing isn’t hard to master.

Then practice losing farther, losing faster:
places, and names, and where it was you meant
to travel. None of these will bring disaster.

I lost my mother’s watch. And look! my last, or
next-to-last, of three beloved houses went.
The art of losing isn’t hard to master.

I lost two cities, lovely ones. And, vaster,
some realms I owned, two rivers, a continent.
I miss them, but it wasn’t a disaster.

–Even losing you (the joking voice, a gesture
I love) I shan’t have lied. It’s evident
the art of losing’s not too hard to master
though it may look like (Write it!) a disaster.

***

Una experta modesta

Por Marianne Moore (sobre North & South, de E. Bishop)

Elizabeth Bishop es espectacular en ser no espectacular. Uno se pregunta por qué nunca nadie pensó en esto; por qué no ser exacto y modesto. Por otra parte, la mecánica de presentación en Bishop, con sus conocimientos subyacentes, reduce la sangre fría de la crítica a una cautelosa indagación de sí misma.
Los adornos son estructurales, así como la aliteración, el contraste, y la palabra repetida como un sustituto para la rima. Y la rima, cuando es utilizada, eclipsa la moderación. Bishop dice, “icebergs behoove the soul,” “being self-made from elements least visible… fleshed, fair, erected indivisible”; y de “snow-fort” “sand-fort” en Paris a las 7A.M.,

… It is like introspection
to stare inside, or retrospection,
a star inside a rectangle, a recollection.

Uno nota la dificultad de los esquemas de rima en “Roosters,” sostenida a través de varias estrofas:

St. Peter’s sin was…
……
of spirit, Peter’s
falling, beneath the flares
among the “servants and officers.

Entre todas las estrategias musicales hay una experta disposición de las pausas; y las medias rimas son impecables, como en “Wading at Wellfleet”,

the sea is “all a case of knives.”

Lying so close, they catch the sun,
The spokes directed at the shin.

Uno obtiene aquí una verosimilitud que evita tímidamente lo descriptivo directo; cuando viajando “From the country to the city” por ejemplo: “flocks of shining wires seem to be flying sidewise”; y la descripción directa es clara, nunca imprecisa, así como del asfalto se dice que es “watermelon-striped, light-dry, dark-wet,” después de que el “hissing, snowy fan” del “water-wagon” ha pasado. Vemos que esa enumeración descriptiva –una de las especialidades de Bishop– puede ser compacta y fácil:

Now can you see the momument? It is of wood
Built somewhat like a box. No. Built
Like several boxes descending sizes
One above the other.
Each is turned half-way round so that
its corners point toward the sides
of one below and the angles alternate.

La estela de la barcaza es follaje con “Mercury-veins on the giant leaves”; siempre la palabra exacta; y la sensación, aún más difícil de capturar que la apariencia, es objetivada misteriosamente bien:

Alone on the railroad track
I walked with pounding heart
The ties were too close together
Or maybe too far apart.

f_ebishop_mmoore
Marianne Moore & Elizabeth Bishop

Bishop no evita “fearful pleasantries”, y en “The Fish”, como en el sujeto del poema, uno no se contenta con cada detalle de la criatura, pero el poema controla el recuerdo; “Anaphora” lo hace y también “The Weed”, que tiene una autoridad tan sombría; el surrealismo debería tomar un curso con este poema.
La dignidad fue sacrificada a la exactitud en la palabra “neatly”: “The mangroove island with bright green leaves edged neatly with bird-droppings like illuminations in silver”, y en “Songs for a Colored Singer”, donde lo impulsivo es la maquinaria verbal, cada frase tiene el sentimiento en el resto de las palabras –el verbo auxiliar “will” por ejemplo? “And if I protest Le Roy will answer with a frown.” No obstante, como Príamo y Tisbe, la pasión en el arte encuentra su camino, y el apóstrofe s es la hábil ortografía para is: “All we got for his dollars and cents/’s a pile of bottles by the fence.” La omisión de los tres poemas que aparecieron en Trial Balances es una pérdida: “The Reprimand” y “Valentines I and II”.
El arte que “corta sus facetas desde adentro” puede mitigar el sufrimiento, puede incluso ser un instrumento de la felicidad; así como el perdón, simbolizado en la meditación de Bishop en “St. Peter by the cock”, parece esencial a la felicidad. Reinhold Niebuhr llamó recientemente la atención en The Nation, sobre el hecho de que la cura para las incompatibilidades internacionales no es la diplomacia sino el arrepentimiento. Y tampoco es admisible seleccionar los errores por los cuales estar arrepentido; estamos arrepentidos; no seremos felices hasta que lo lamentemos. La especulación de Bishop en cuanto a la fe –fe religiosa– es también una cuidadosa y dilucidada profundidad en este pequeño gran libro de moral estético-matemática formulada con gran belleza. “The unbeliever” no es ridiculizado; ¿pero no es acaso categórico, irónico consigo mismo?

… Up here
I tower through the sky
For the marble wings on my tower-top fly.

En poesía, así como en homilética, lo tentativo puede ser más positivo que lo positivo mismo; y en North & South, la persuasión más instructiva hace hincapié en la no insistencia. Por fin tenemos un libro de primera línea sin manierismos acreditables. Por fin tenemos a alguien que sabe, que no es didáctico.

The Nation, 163 (28 de Septiembre 1946), 354.



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