Juan Desiderio

El templo*

Al fin se dará por fin
el fin de estos tiempos
que corren y no avanzan!!!

En la nave del Templo, donde las luces bajan, hay un contacto de imanes tan preciso que emociona. Desde el centro de todo, el ojo sensible ve alrededor, capta las señales, las interpreta como signos, las escribe las retrata y las piensa.
En el Altar, hay un cuenco con agua de mar, otro con agua de río y otro con agua de lluvia.
Una hoguera pequeña con fuego azul, rojo y verde separados entre sí, unidos a diferentes aguas.
La primera tanda de combinación es: agua de mar y fuego rojo. Luego agua de río con fuego azul, y agua de lluvia con fuego verde.
El aire perfumado con tres sustancias: mirra, incienso y benjuí.
Que se combinan con los ya combinados: agua de mar con fuego rojo y mirra. Agua de río con fuego azul e incienso. Agua de lluvia con fuego verde y benjuí.
También hay tres macetas con tierra de distintos lugares: de tierra fértil, de arcilla y de cementerio.
El sacerdote extasiado por combinaciones de vino con pan, cierra esta historia de fusión y confusión: son tres las mezclas que hace.
Agua de mar con fuego rojo, mirra y tierra fértil.
Agua de río fuego azul incienso y arcilla.
Agua de lluvia fuego verde benjuí y tierra de cementerio.
En trance coloca una combinación en el norte del Altar, otra al este, otra al oeste y se ubica al sur. El punto de equilibrio y de conexión es el punto fino y limpio que hay en medio de todo esto. Su reverso es un punto negro distorsionado. Ambos actúan en una pulseada de maravillosa danza. Con sonido producido en el Mas Allá que bien pueden oírse por acá.

 

La feligresía se acomoda, se relaja, cierra sus ojos, medita el abecedario imaginándolo en orden natural y a la inversa. Esta meditación se hace unos quince minutos. Luego, escriben en un breve papel, el objeto de estudio. Un asistente o el mismo Templario oficiante, recoge los pedidos.
El Templo es en verdad, una biblioteca cuyas letras, libros y lecturas son parte de la liturgia que hay por aquí. La atmósfera del lugar está calibrada en su justa medida por los aficionados al diálogo que suelen acomodarse casi a diario tanto en la entrada, como en el interior y en la salida.
Los libros representan el peso exacto de una idea; células como burbujas espirituales en cuya intimidad reina el Alma que habita en el cerebro. Son artefactos transmisores de conocimiento. Y son hermosos.
Así, buscando su orden en el de una biblioteca, este hábitat dedicado al Alma recibe leves influencias desde los astrales psíquicos y venusinos. Desde la materia misma, cuerpos y objetos que se sirven mutuamente para poder tocar a Dios.
Muchas personas actúan sus virtudes y defectos en este escenario lleno de maravillas y fenómenos raros.

 

Un Camposanto es muy parecido a una Biblioteca. Sus nichos son como estantes. Cada persona se corresponde con un libro. Las personas tienen una historia, un cuerpo sin volumen; tienen huesos y músculos, que vendrían a ser hojas y la encuadernación. Los capítulos son órganos, las palabras son células y las letras son genes.
Así, cada humano tiene un cuerpo y una personalidad. Todo lo que vivimos es lo que somos, y lo que vendrá será lo que nos falta. En un Camposanto hay colecciones de huesos, cenizas, cabellos, uñas y dientes. También hay biografías en forma de espectro y una enciclopedia inmensa que contiene los últimos pensamientos; los aferrados. Los que tardan en salir del hueso.
Imágenes no hay; son parte del aire y las va llevando el viento de lugar en lugar.

 

El amigo Glik vive una extraña doble vida: la de ser mitad fantasma y mitad hombre. Esto se nota con su presencia, que puede ser inmediata y sorpresiva.
Amigo Glik es el más antiguo de los parroquianos del Templo. Sabe de un par de muertos y algunos desmayos en su vida.
Su excesiva dulzura, afectada por una psiquis desorientada lo mantiene en la lentitud.
Amigo Glik construye desde su mediana edad, instrumentos electrónicos. Es un preciso conocedor de los primitivos ordenadores con sus respectivos lenguajes.

 

Un atleta romano se hizo hueso y carne con el nombre de Octavio. Parroquiano cuyas palabras continuadas todo el tiempo suenan con la
clásica agudeza azurra.
En tiempos lejanos, guerrero. Hoy, jugador de fútbol. Octavio entiende a este deporte como una parodia de la guerra antigua. Con la diferencia que los primeros chocaban al rival para vencer, en tanto los actuales son habilidosos en el arte de esquivar. Por eso, un futbolista aún tiene cuerpo y actitud de guerrero. Hasta que finalmente, evolucione. Además, Octavio ha sido un emperador bravucón y muy simpático.

 

Dios busca estimularnos con sus luces. Las hay de varios colores. Verde, cuya visión se da en los mediodías. Rojo, que potencia los límites tanto para arriba como para abajo. Azul, que alegra, tonifica y desparrama la fuerza por todo el cuerpo. Negro, el color de la profundidad, donde van a parar los que no giran.
Las luces de Dios fueron concedidas a espíritus santos, demonios y ángeles. Entre ellos, a San Francisco, Luzbel y San Miguel Arcángel. Quienes recorren el mundo desde hace milenios, haciendo para Dios lo que él busca: estimularnos con sus luces.
Acerca de esto, dialogamos con el amigo Freixo y con el amigo Glik; acerca de los colores divinos.

 

Los Salones del Templo cumplen con la función de estar del otro lado de cualquier espejo. Todo el que mira a sí mismo a través del vidrio, nota que dentro de su mente hay un lugar que representa lo opuesto a lo real que está detrás de él.  Casi subliminar, se puede ver por un instante los días jueves a las tres de la mañana. Con una vela en cada mano y los ojos cerrados nueve minutos antes. A la hora prevista se abren los ojos y lo que detrás de la persona es un ámbito familiar y reconocible, en la Luna de Vidrio del Espejo se ve el Salón de las Lecturas del Templo.
Es por eso que muchos son del vecindario los que aparecen, yéndose de sus hogares de reunión, hacia su opuesto: el Templo. El hogar es ámbito de interacción constante. El Templo, un espacio con rincón para poder aislarse. El hogar tiene una decoración que relaja siempre mas no potencia. En el Templo todo lo que rodea fue cedido por el vecindario, cada vecino con su parte. Así fue como la Cuadrilla del Masón y los vecinos unieron sus virtudes, para lograr la resurrección del Santo Espacio.

 

Los sentidos pueden ejercitarse en el Templo. Y, con el movimiento del ejercicio mismo, fortalecer al espíritu para así, cada uno acercarse un poco más a su Dios.
La vista, por ejemplo. Los ojos son artefactos vivos, similares a una filmadora. La diferencia importante es que en esta última, la energía proviene de la electricidad. De un dínamo externo al que nos conectamos con cables. En los ojos, la conexión es hacia el sí mismo del cuerpo que los usa. Las imágenes captadas pasan por el cerebro primero. Estas son pensadas un poco por la mente, que elige las que más le convienen a su filosofía. Las otras van a descansar.
En cuanto al oído, algunas lenguas muy certeras dicen que las personas que leen en el Salón de Lecturas en voz alta, dejan el cuerpo fantasmal de la palabra resonando. El coro se mantiene en silencio hasta el atardecer. Muchos testigos afirman con sus propias experiencias, haber escuchado un murmullo proveniente del aire del lugar. El polvillo que flota viene del abrir y cerrar libros. Que, con la luz gestada entre las pupilas y el papel, a veces pueden verse las palabras. Entonces, este se combina y fabrica microcines mentales para cualquier lector prevenido y desprevenido.
Todo lo palpable aquí, es de madera, de piedra, de hierro y de cristal. Se puede tocar y si se usa la imaginación adecuada, cambiar los materiales de sitio.  Así, una sala puede tener paredes de vidrio, marcos de puertas y ventanas hechos en piedra, ventanas y puertas de madera y pisos de hierro.
El gusto es un sentido que casi ni se usa. Al final, todo huele vegetal. El incienso, la humedad, el papel. Almizcle para alimentar al Alma.

 

Aquí los objetos son usados a lo largo y a lo ancho, también a lo alto, pero no a lo bajo. Casi siempre hay un camión parado que cubre la vereda de enfrente por completo. La mirada se fuga por ahí y el tiempo que se pensaba dedicar a pensar, lo ubica en cómodo sillón con un buen whisky en el brazo, bebiendo a tragos cortos y viendo casi todas las mañanas un eclipse entre fachadas de jardines prolijos con pequeñas casas, y camiones que cargan máquina de futuro pesado. Con la ida del camión concluye la idea del eclipse.
El feligrés estudioso busca su destino atravesando el mundo tan extenso de la Mente. Donde se cree que el cuerpo material es como una forma viviente de pared que limita y aísla nuestro propio universo, del universo madre. Donde vive el poder creador de la naturaleza. La voluntad divina. Abre el feligrés libros y cuadernos. Examina y extrae la sustancia que le sirve, como un vampiro clavado en una yugular. Con esa misma pasión, bebe la forma de las palabras y habita por instantes las imágenes que esos libros disponen en una mesa antigua, rodeado de cintas plásticas que contienen lámparas led de color e intensidad cambiante.
El ambiente está perfumado con incienso y con mirra. El efecto es relajante y al mismo tiempo excitante.
Cuando el estudiante feligrés acaba con sus lecturas, baja por una escalera sin lustre hasta el salón que tiene en su pared que da a la calle, una vitrina esmerilada que inyecta luz en el ambiente atenuándolo. Como pasa con el hielo y la ginebra. También hay paredes cubiertas con objetos que van desde libros hasta libros también, pero de otra dimensión. El lugar es iluminado solo por la luz que viene de la calle.

 

Dos mujeres jóvenes visitan con regularidad el Templo. Buscan conexiones con la Inteligencia en formas azarosas. Visten, una de rojo y la otra de negro.  La primera lleva puesta una túnica de tela naranja con triángulos estampados en forma irregular blancos y negros. A simple vista, se la ve colorada. La segunda estudiosa, tiene puesto un vestido negro ceñido con falda hasta las rodillas y camisa con mangas largas. Hay rosas y claveles bordados que se van borrando a medida que las miradas se van sumando.
Acomodan sus imágenes en el Salón de las Lecturas, en cómodos sillones traídos desde los años 70 por un vecino arquitecto; una vez que se acomodan mezclan por turno unos extraños naipes sobre una tabla de madera blanca apoyada sobre dos columnas hechas con libros que versan sobre los registros contables de una ya inexistente imprenta.
Cada una saca del mazo tres cartas. Las ponen boca abajo sobre la madera blanca.
El mazo, llamado “basural del destino”, simboliza todos los vicios y virtudes dibujadas y puestas en forma por un dibujante esquizofrénico. Así, se supone que su imparcialidad, debida a ese tipo de vaivén mental, se logra en el punto de equilibrio entre las dos fuerzas que no se contraponen, pero si se contrapesan.
A continuación, se dan vuelta las cartas que estaban boca abajo. La mujer de vestido rojo es la primera en hacerlo. Un minuto antes, encendió un carboncito redondo y le esparció ramas de sándalo y hojas de menta piperina.
Al pie de cada dibujo de cada carta, hay una breve explicación y enlaces a la información que hay en el Templo. Estanterías, cajas y cofres contienen los ingredientes para combinar por medio del azar o de la propia suerte, un destino para cada persona.
A la Mujer Roja, los naipes de develan un mapa del estado de suerte que vive en este mundo, con muchas chances y poco arrojo hacia la rica nuez que contiene un cerebrito. Como un camafeo creado y obsequiado por la Naturaleza, a nuestra especie.
El primer naipe, tiene dibujada una nuez, dentro de su fino cascarón de madera rugosa, muy similar a un fruto y muy similar a un cerebro.
La segunda carta tiene la imagen de un candelabro diseñado por un herrero barroco. El original, de donde proviene este dibujo, se halla en una de las primeras bibliotecas encontradas por el hombre en medio de un desierto. Significa el pensamiento que se mantiene como luz en la oscuridad.
Y el último naipe, la tercera carta, arroja un martillo, un clavo y una madera. Su significado tiene muchas respuestas obvias a la vez. Desde la construcción, el ingenio y la destreza, hasta la construcción de cunas o de cruces para morir lentamente.
El turno ahora de la joven de negro cuyas estampas en la tela se encienden y apagan.
Descubre el primer naipe, justo cuando llega a colocar blanca y sosegada a su Mente. Allí, sus dedos muestran las sagradas cartulinas una a una. Pero, un segundo antes, toma una decisión: mostrará las tres a la vez.
El naipe de la derecha tiene un grabado de un pájaro extremadamente gordo que mira con guapeza de costado.
El del medio, una carretera futurista.
Y el de la izquierda, que parece ser el naipe decisivo, tiene una piedra de cuarzo que se va fundiendo afectada por un rayo que viene del Sol. La ilustración es estilo afiche antiguo.
Ahora, siente la morocha como se van encendiendo las flores de su vestido.

 

Amigo Glik. Hermano de antiguas costumbres, tiene una virtud de la que habla sin proponérselo. Se trata de la habilidad para construir y reparar artefactos eléctricos. Cuando cuenta historias lentamente acerca de esto, hay un momento donde su cara se difumina, pierde la voz, se torna a blanco y negro y su aspecto es de historieta.
Sucede con frecuencia, cuando nombra por tercera vez en su discurso, la palabra Linux.
Dice Glik, que tal oficio tan noble en el mundo analógico, lo aprendió en una revista cincuentenaria llamada Lupin.
Recuerda sonriente, algunos personajes. En silencio, piensa un rato y se va.

 

Cierto mediodía, atravesó literalmente una piedra, el vidrio esmerilado del portal de entrada. Quien la arrojó, tenía los ojos cerrados y muy apretados. Como si fuese de dolor. Su estatura pequeña y su flequillo bastante setentoso. Le llamaban Raimundo, por su extraño parecido con un perverso y simpático niño de las historietas.
El vecindario cuidaba a Raimundo. Y él, a cambio, los conmovía con sus andanzas.
Casi siempre después de mandarse alguna, entraba al Templo con ojos bien abiertos, tanto que dos lunas parecían. En el Salón de las Lecturas, justo por detrás del Altar hay una ventana cuyos postigos son de bronce. Raimundo arrima un sillón giratorio estilo medieval al balcón breve que limita con el aire a través de una herrería cuya red tiene rosales de hierro.  Desde allí, Raimundo mira al cielo. Cuando el Sol de la mañana alumbra, aprovecha esa luz para alimentar su Alma. Lo hace en un movimiento que dura tres pasos: en el primero, apunta sus párpados hacia un punto en el centro del Rey. Abre los ojos y vuelve a cerrarlos tres veces. En este movimiento se lastima la córnea. A continuación, lágrimas y bostezos. El primer contacto con la fuente duele siempre.
En el segundo paso, el ojo se ha acostumbrado y hay relax y placer en este momento.
En el último, tercero, la razón de la luz original de nuestra amada estrella, se mezcla con la sangre, con la savia y también con el polvo. El poderoso mineral metafísico, la vitamina mágica, el oro del Sol. Actúan mezclándose con los líquidos de la naturaleza.
Raimundo es un niño que piensa en todas estas cosas, cuando toma distancia de sus travesuras.

 

La iluminación se distribuye de forma regular por todo el Templo. El día ayuda con su luz aguda a las mentes estudiosas, hasta el momento de la puesta del Sol.
Así, la mañana ilumina la puerta de entrada, resalta lo plateado y todo se ve didáctico y con el brillo justo.
Cuando el Sol habita en el mediodía la vista, si es constante, puede atrapar imágenes en la plenitud de sus potencias.
La luminosidad, por la tarde, viene desde la vereda, atraviesa el vidrio esmerilado casi en paralelo con el piso.
El anochecer dispone una luz más profunda que llega hasta la pared con libros del fondo. Los colores comienzan a fosforescer desde sí mismos,  a medida que el Rey desaparece en el horizonte.
El Templo resplandece y conmueve cuando las luces del Sol,  del Alma y las luces eléctricas se funden en un abrazo de despedida.

 

* Nota del autor.
Los textos que conforman un futuro libro, posiblemente llamado El Templo,  están siendo elaborados en base a desayuno matinal en variopintos bares, e inspirados en doce años de trabajo como bibliotecario en la biblioteca Estanislao del Campo, situada en el barrio de Parque Chacabuco, en la ciudad de Buenos Aires.  Una biblioteca llega a ser un templo cuando uno descubre la conexión de este tipo de edificios con la Mente Comunal y dicha mente a través de libros, con una Mente Superior o Saber Ordinario. Lo extraordinario de esto es el registro de caripelas, libros y diálogos que se generan por estos pagos. Si se logra unir todo ello, y leerlo como se lee una biblioteca, aparece algo que bien podría sentirse real y divino a la vez.


Juan Desiderio (Buenos Aires, 1962)

Poeta y músico, se ha desempeñado como bibliotecario en el ámbito de la ciudad de Buenos Aires. En los años noventa editó la revista underground Trompa de Falopo, y colaboró con la publicación 18 Whiskys. En los dos mil fue uno de los editores de la revista digital Atmósfera y de la enciclopedia literaria del sitio PoesíaArgentina. Integró como cantante y guitarrista las bandas de rock Aguante de Cancha, Hippie Rabioso, Cardioflash y Jardineros. Ha organizado numerosos encuentros poéticos y discusiones filosóficas en la bibliotecas en las que le ha tocado trabajar; y ha colaborado a lo largo del tiempo en la formación de bibliotecas en diferentes instituciones alternativas o independientes. En el contexto de la institución Yo No Fui, ha dado talleres literarios en cárceles de mujeres; y organizado encuentros artísticos bajo el nombre de Tertulias. Entre las múltiples acciones en favor del conocimiento poético está la de haber fundado, a fines de los años ochenta, la Biblioteca de Poesía Raúl González Tuñón, la primera en su especialidad en Buenos Aires, luego denominada Casa de la Poesía Evaristo Carriego. Actualmente, forma parte de el grupo de rock Mosaico. Nuestro sitio, op.cit., tiene el privilegio de contarlo entre sus integrantes.

Poesía
Obra Poética, Buenos Aires, Hesíodo, 2015
Trilogía sacra, Buenos Aires, Gog y Magog,  2005
Tos, Buenos Aires, by Trompa de Falopo, 2002
Angeles parricidas, Buenos Aires, Ediciones del Diego, 1998
La zanjita, Buenos Aires, Trompa de Falopo, 1996
Argentina, Buenos Aires, Revista 18 Whiskys, 1992
Barrio trucho, Buenos Aires, Trompa de Falopo, 1990

Links
Poemas. En Revista Atmósfera / Otra Iglesia es Imposible / Poetas Argentinos
Entrevistas. “El salón y la calle”, por Mercedes Halfon, en RadarLibros / “La poesía para mí es ritmo…”, por Gustavo Yuste, en La Primera Piedra /
Audios. En Audioteca de Poesía Contemporánea
Videos. Ultima lectura de La zanjita / Contemporáneos, programa de radio