Desenajenación, elipsis y pedagogía / Las poéticas del siglo XX, de Raúl Gustavo Aguirre

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Poéticas del siglo XX
Raúl Gustavo Aguirre
Buenos Aires
Audisea
2016

 

 

 

Por Damián Lamanna

Circula desde hace algunas semanas un video de poco más de dos minutos donde Lucy Aharish, una periodista árabe-musulmana que trabaja para el Canal 2 de Israel, denuncia la actitud contemplativa y especuladora de los gobiernos de las grandes potencias occidentales frente a la violencia en Siria. La interpelación es directa y se sirve de palabras (pasajes hacia el horror) como “genocidio” y “holocausto” para construir un interlocutor ilimitado e impasible. Palabras que luego se licuarán hacia un registro lindante con el capricho y la deshistorización: “no sé quiénes son los buenos y quiénes son los malos y francamente no importa” y “el mundo árabe tomado de rehén por terroristas y asesinos”, lugares comunes perfectos para que podamos –como buenos espectadores críticos- acusarla de “apolítica” o “funcional” al imperialismo y los poderes dominantes (con toda razón) e ignoremos el resto. Sin embargo, vale detenerse en otro de los pasajes del video, cuando Aharish, quizá a pesar suyo, nos habla de algo mucho más íntimo y cercano. Dice: “tal vez no queramos escuchar o enfrentarlo pero que en el siglo XXI, en la era de las redes sociales, en un mundo donde la información está al alcance de tus manos, en un mundo donde se puede ver y escuchar a las víctimas y sus historias de terror en tiempo real, no estamos haciendo nada por ellas, mientras que niños son sacrificados cada hora”. Aunque la aseveración suene banal y caiga en golpes bajos, dispara una alarma suave y molesta: hasta qué punto vivimos sobresaturados de información y no sabemos qué debemos hacer con ella, en qué lugar del cuerpo –el propio y el de quienes tenemos al lado- ponerla en funcionamiento. En el mejor de los casos accedemos a datos (que anteceden algún aprendizaje) de forma ilimitada y les damos algún provecho; en el peor, temblamos de ansiedad e indignación, envueltos en una corriente binaria exponencial desde que el día comienza y le damos “me gusta” o “fav” (o sus variantes) por igual a noticias sobre la represión a los pueblos mapuches en el sur, poemas de facebook, repudios por la corrupción y fotos de vacaciones de los hijos e hijas de amigxs (¿somos el occidente de algún otro?). Allí, el riesgo de caer en la inmovilidad, la impotencia de la réplica informativa -siempre se puede reenviar un audio- o la opinión plana moldeada a partir de los roles públicos que decidimos construir: una cubetera de plástico para congelar proclamas ideológicas. En esta línea, Aharish concluye su spam a cámara con una cita famosa de Albert Einstein: “el mundo no será destruido por quienes hacen el mal, sino por aquellos que observan sin hacer nada”. De la bomba atómica y el poder de los medios de comunicación al servicio de los capitales transnacionales a las jaulas digitales. El virus del lenguaje burroughsiano circulando como un caracol, con su cura en la espalda, con un capítulo de Blackmirror como pastilla progresista reveladora, ofrecida en un envoltorio lumínico. Las palabras en riesgo de ya no designar nada y la literatura como metal para arreglar el botón del ascensor que dice “status”. Así la razón se perfecciona día a día, así la máquina acorrala.
Qué implica en un panorama como este, más allá de la impecabilidad de la editorial audisea, la puesta en circulación de un ensayo como Las poéticas del siglo XX del poeta Raúl Gustavo Aguirre casi treinta años después de su primera (1983) y veinte años después de su segunda edición (1997). Dice María Malusardi en el prólogo: “cuando se cumple un siglo del nacimiento de las vanguardias sobre las que Aguirre se explaya con creativa y denunciante erudición en estas páginas, una reedición invita, no solamente a repasar la reacción del arte ante los intempestivos tiempos de las guerras más crueles (el siglo XX es un siglo maldito, dice Alain Badiou), sino a leer nuestro propio tiempo –lascivo, lacerante, enfermo- para nutrir y habitar nuevas regiones de la mirada”. En Las poéticas, Aguirre lee (vuelve a leer) con rigor a las vanguardias históricas y al que considera su principal antecedente, el simbolismo, como movimientos estéticos que se enfrentaron al positivismo del siglo XIX y a la razón exacerbada que llevó a la humanidad a la guerra (y los genocidios) en el Siglo XX. El recorrido que el autor hace nos invita a pensar, en primer lugar, el zeitgeist actual y a reformular las ideas y la implicancia que la literatura tiene en él. A contramano del tan instalado “el arte no sirve para nada”, Aguirre reivindica la potencia de la poesía y el lenguaje como fuerzas reveladoras de los sentidos ocultos del universo (simbolismo) y/o creadoras de nuevos mundos y causalidades (las vanguardias): visiones alternativas –absurdas, oníricas, políticas- frente al (des)orden y la violencia. Rimbaud como puente entre todas las generaciones, un gesto lúcido de juventud que navega hacia el futuro.
En segundo lugar, podemos centrarnos en la reedición -en tanto procedimiento crítico- de Las poéticas como un trabajo sobre la elipsis temporal entre el año de la publicación original y un “nuevo campo literario”: ¿cómo puede mutar una forma de leer a lo largo de treinta años? Un ejemplo: el ensayo de Aguirre vio la luz por primera vez cuando el Diario de Poesía aún no había irrumpido en el panorama literario argentino. Antes de que Ezra Pound, Williams Carlos Williams y T.S. Eliot pasaran a ocupar un lugar central para las poéticas de los años que siguieron. En este sentido, Aguirre se centra en el simbolismo, el expresionismo alemán, el dadaismo y el surrealismo. Pound y el imaginismo, Huidobro y el creacionismo, el ultraismo y el arte concreto ocupan un lugar menor y hasta epigonal. Lo mismo ocurre con las vanguardias latinoamericanas que, en Las poéticas, no tienen el protagonismo que alcanzaron durante los últimos tiempos. Constatar cómo cambian las formas de leer, iluminar y construir una historiografía literaria potencia otras líneas de abordaje sobre el presente, incluso para poner en duda cómo se lo percibe, etiqueta y clasifica.
En tercer lugar, Las poéticas configura una apuesta didáctica, un imperativo y una lectura rigurosa y lúdica a la vez. La invitación a clarificar algunos conceptos del pasado, a organizar una historia que a veces resulta difusa, a comprender los vínculos entre los distintos ismos y sus principales referentes de un modo accesible y ordenado. También, la posibilidad de atravesar y potenciar la práctica de lectura a partir de las facilidades tecnológicas de estos tiempos: la mayoría de los videos, audios y poemas visuales que el autor menciona hoy son accesibles gracias a internet. No deja de sorprender, al respecto, el trabajo de investigación realizado; una tarea de precisión para trazar un mapa que se potencia con el paso del tiempo y se expande como un vaticinio poético. Por último, un llamado cordial a lxs poetas de las nuevas generaciones que dice: “por favor, dejen de leerse entre sí”.
Más de cien años después del simbolismo y las vanguardias, la lectura de Las poéticas del Siglo XX lleva a reflexionar sobre las deudas y vínculos estéticos que tenemos con el pasado; en las diferencias, si es que existen, en el modo en que los seres humanos nos vinculamos con el mundo que construimos como un gesto lleno de inconciencia. ¿Cómo se actualiza la racionalidad frente a la cual las vanguardias construyeron su discurso? ¿éstas siguen en movimiento y tienen algo para decir o fracasaron? ¿qué lugar entonces queda para el poeta sino el de desenajenar los lenguajes moldeados, penetrar en los discursos de lxs otrxs para extraer un fragmento de claridad que los devuelva a la vida real, al brote de un universo imaginario a través de la confianza en el oficio poético? En palabras de Raul Gustavo Aguirre:“la poesía actual representa y resume esa aventura, esa tragedia que consiste en buscar una respuesta satisfactoria, de fondo, una evidencia, un signo, una señal que coloquen al hombre de nuevo ante su humanidad”. Humanidad que aún bulle y parece perdida en la indiferencia y el automatismo; humanidad que nos pide abandonar los hilos con que acomodamos el yo para ponerlo fuera de control, con todos sus huecos abiertos, en estado de desfragmentación, listo para una pelea con reglas no previstas.


Fragmentos de Las poéticas del siglo XX

“En cada poema hay una poética, y en cada poética una concepción del mundo. Por supuesto, al leer un poema no analizamos, casi nunca, ni la poética que lo sustenta ni la visión de la vida que nos propone; como tampoco muy a menudo el poeta que lo escribió nos ha querido dar un ejemplo práctico de sus nociones sobre la estética, el ser o el obrar. Pero todo ello se halla implícito en el acto creador que da origen a un poema y lo vuelve a originar en la lectura.”

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“El hombre contemporáneo, solo sostenido por la complicada y cada vez más densa red de la tecnología, está rodeado en todas partes por el vacío. La revolución tecnológica lo ha arrojado en un universo donde las voces de la tierra y de los dioses han sido sustituidas por la publicidad.”

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“en Rimbaud, la poesía deja definitivamente de ser un sector más o menos específico de la literatura: es la consecuencia de la decisión de vivir según un modo que se supone el más `digno` de la condición humana.”

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“con Rimbaud queda fundamentalmente establecido que la ‘profesión’ de poeta no existe, que el poeta no tiene ni puede pretender el status, el reconocimiento social del poeta. El poeta es más bien un ‘estado’ transitorio del ser hombre.”

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“Sublevados contra estas ideas y estos valores, contra esa abstracción llamada “la sociedad”, los expresionistas se volverán hacia el hombre, al que ven dotado de infinitas posibilidades, capaz de crear su mundo a partir de una radical negación que implique a la vez la búsqueda de una verdad nueva y la certeza de poder alcanzarla. Denunciarán y cuestionarán las ataduras que le impiden acceder a la plenitud de lo humano y los mitos que lo conducen a la catástrofe. Profetas apocalípticos, pero que creen a la vez vislumbrar los caminos de una humanidad reestablecida mediante sus propias fuerzas interiores y creadoras.”

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“El poeta –para los surrealistas- se muestra antes que nada como una conciencia crítica: es un no permanente que denuncia toda forma de opresión, de represión de la vida de conformismo, que ataca todo orden cristalizado, que moviliza las energías sociales en un sentido siempre vital, es decir, de interés primordial para la misma supervivencia de esas energías.”

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“Y tal vez lo más profundo que nos diga la poesía, su más severa y profunda justificación, es que nuestro destino es hablar.”


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