Pequeño tratado sobre el amor/ No sé nada de ballenas, de Ariel Bermani

t_nosenadadb_a_bermaniNo sé nada de ballenas
Ariel Bermani
Buenos Aires
Santos Locos
2017

 

 

 

 

Por Carlos Battilana

El título de este libro da cuenta de un desconocimiento. En primera persona, el poeta dice desconocer todo acerca de las ballenas.  En el poema que corresponde a ese verso, hay una enumeración de otras cosas que también se desconocen (razas de perros, tipos de peces, regiones y países de África, etc.). Esa cadena de negaciones presupone una afirmación: algo sí se conoce. ¿Qué cosa? No se sabe de muchísimas cosas, pero sí sobre los desvíos y las sinuosidades de un sentimiento amoroso. Ese conocimiento, sin embargo, no es taxativo ni completo: por ese motivo se escribe. Para explorarlo, para reconocer sus rasgos y sus matices, para indagar eso que nunca se termina de saber. Sentir y saber a la manera de dos paralelas que se cruzan en el poema y que condensan el estado de un individuo enamorado.
El epígrafe del libro (“Me prometo desde ya no nombrarte/ hacer que mis poemas/ te sean fieles de otro modo”), perteneciente a Canton, promete una fidelidad, pero no como retracción ni como promesa de la vigilancia y la paranoia burguesas, sino como expansión: reconocer al ser amado sin siquiera mencionar su nombre. Los poemas sitúan un momento que más que inscribirse en el orden cronológico, funciona como una tregua de la sucesión. Esa porción temporal se ubica más allá del Bien y la Verdad: contiene su propia lógica y su propio vértigo, como una suerte de imán y de corriente eléctrica autosuficiente. Ese momento acontece bajo ciertas condiciones (ni excepcionales ni grandilocuentes, pero sí necesarias): dos personas que se aman, se encuentran en un punto singular y, de ese modo, pueden tomar oxígeno de un aire compartido.
El amor concebido en términos de eternidad es una ilusión que suelen profesar los enamorados. Creen que la fuerza de esa unión perfora los límites de la contingencia. Los grandes poetas del amor postularon este deseo infinito. El libro de Bermani insiste con esa remota y descabellada idea bajo la inflexión de una duración que no se inscribe en la memoria de la Historia, sino en la vibración del instante. Más que una dimensión horizontal, la temporalidad que se invoca es vertical: el estremecimiento irrepetible de un paréntesis y de un tiempo discontinuo que se escapa de la trama de las horas. Estos versos, escritos bajo la impronta de la claridad y la retórica de la sencillez, dicen: “Nada puede perturbar este momento”; “Los libros/ vos/ yo./ Con esto alcanza”. Parece que esos momentos de ternura no sólo interrumpen las hostilidades del mundo, sino que se constituyen como defensa de una complicidad cuyo desciframiento corresponde exclusivamente a los amantes.
Pero si “con esto alcanza”, ¿por qué seguir escribiendo? ¿Qué es aquello que no alcanza, qué es ese esfuerzo que habilita la composición, verso tras verso, de un conjunto de poemas? Se escribe, como dijimos, para explorar la naturaleza del amor. Pero también por otro motivo: dejar asentado un trazo que hable de ese sentimiento que se conjetura inextinguible. Como toda enunciación, escribir es un acto que se consagra en un presente (leemos el registro de algo que ya sucedió) cuya secreta ilusión es dejar un rastro, un indicio de cierto hálito vital. El yo que enuncia es actualizado por el lector. La enunciación se desvanece en su propia realización y tan sólo la persona que lee recupera aquel presente irrepetible. La polaridad yo/tú constituye el fundamento de la comunicación y, de ese modo, se configura la subjetividad. El yo de este libro escribe bajo la sombra de Quevedo: “serán ceniza, mas tendrá sentido;/ polvo serán, mas polvo enamorado”. Más que un hecho intertextual preciso, esa sombra es un hecho de la cultura. Esos versos famosos reconocen lo inexorable de la muerte e, implícitamente, el carácter testamentario y amoroso del trazo poético. El caos y el avatar de la destrucción son la fisonomía de nuestro destino. Bermani se percata de la proyección de un cuerpo convertido en “puras cenizas”. No obstante, la escritura aquí se concibe como un sortilegio. El sujeto poético reconoce que todos los libros, que todos los poemas irán invariablemente al olvido, más temprano que tarde: “Todo lo que escribí hasta ahora/ se fue desvaneciendo./ Nadie lo recuerda/ nadie conserva esos libros.” Escribir acerca de un amor que se pretende interminable, no obstante, es anticiparse al polvo del olvido. Se escribe para dar cuenta de un amor que crepita sin cesar, cuya realización aparece como un vértigo perpetuo. Conjugar la escritura y el acto de amor en un punto es una suerte de emblema vital; también, el testimonio de una esperanza. El presente, y no la caducidad, entonces, es el destino del amor y la poesía, un presente que no concluye: un presente continuo.
Estos poemas registran escenas nimias, recuerdos de acciones ordinarias, dudas y pequeños proyectos. En la oscilación temporal de la evocación y de lo que aún no se vivió, existe algo que sucede como un río, que persiste más allá de los cambios (“El amor sigue ahí/ por más que el tiempo/ pase/ y nuestros cuerpos/ vayan cambiando/ y nuestras ideas/ vayan cambiando”). La mutabilidad del río y la persistencia en los cambios son el fundamento del amor. Mutabilidad y permanencia. Un “río” acumula “ramitas”, pero se activa cuando los amantes se encuentran. Lo paradójico es que esa ontología se construye con restos, desechos, incluso “cosas muertas”. Escribió Octavio Paz en El arco y la lira: “La inmovilidad es una ilusión, un espejismo del movimiento, pero el movimiento, por su parte, es otra ilusión, la proyección de Lo Mismo que se reitera en cada uno de sus cambios”. En el libro de Bermani, precisamente, se cuenta que el amor sigue “ahí”, continúa. Los cambios fugaces y las apariencias transitorias modelan la forma del idilio.
Un universo saturado de anécdotas atraviesa de punta a punta No sé nada de ballenas. Reconocemos espacios de la ciudad (la calle Warnes, el bar La Giralda). Intuimos diálogos circunstanciales. Lo significativo no es tanto lo que la persona amada le cuenta al otro ni tampoco los lugares donde se dan cita, sino el hecho de que los enamorados se cuentan algo, lo que sea, cualquier cosa, desde el argumento de una obra de teatro hasta el encuentro callejero con una mujer loca, desde un saludo nocturno hasta las dudas y las preocupaciones por los hijos. La minucia cotidiana, finalmente, es una verdadera fuerza que estos poemas desean narrar. Tan es así que uno de los procedimientos preferidos de los poemas es contar una historia en la superficie, un acontecimiento cualquiera, pero por debajo lo que importa es un detalle que actúa como la metonimia de algo más potente y esencial. Ese detalle minúsculo que se narra (alcanzarle al otro un mate, o espiarse de manera cómplice en medio de una fiesta, por ejemplo) es lo que sostiene la fuerza de los sentimientos y dota de sentido a la dicha inquebrantable del amor.

 

Poemas de No sé nada de ballenas

*
Mirándonos de reojo
espiándonos, más bien.
Haciendo el esfuerzo
de que nadie se dé cuenta.
Vos hablás con dos personas,
yo hablo con tres.
Nos reímos, levantamos la voz.
Ni vos ni yo descuidamos
la conversación
pero yo espío tus manos
el modo en que te brillan los ojos
cuando te reís.
Vos también me espiás
pero no sé qué estarás mirando
qué cosa te llama la atención.
Tendría que preguntártelo.
Es lo que voy a hacer
después,
cuando volvamos juntos
a casa.

 

*
Cuando me besás, hay restos de mi vida
cosas de antes,
imágenes, palpitaciones,
que me reconcilian
con los años perdidos.

Soy este río que fue acumulando
ramitas, cosas muertas
y cuando me besás
algo, o todo
se activa.

 

*
Me gusta
cuando
ya tarde
antes de dormir
nos mandamos mensajes
o nos llamamos por teléfono

Sé que a veces
las cosas
son difíciles

Criar hijos
escribir
trabajar
todo eso lleva tiempo
pero en algún momento
nos encontramos
hablamos
comemos
bailamos
miramos películas
y nos dormimos juntos
abrazados.

 

*
Estás más cerca
de lo que imagino.
Por eso voy preparando el mate,
para cuando llegues
y me des un beso
y me digas que me limpie
porque dejaste mis labios
rojos
con tu pintura.

 


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