Cuadernos de provincia/ En la colonia agrícola, de Santiago Venturini

t_enlacolonia_s_venturiniEn la colonia agrícola
Santiago Venturini
Rosario
Iván Rosado
2016
64 páginas

 

 

 

Por Marcelo D. Díaz

Cazadores que regresan a sus hogares, sanatorios de provincia, casas alpinas, caminos de tierra apenas dibujados en los campos  y padres que se separan articulan una mitología familiar En la colonia agrícola. La carencia de figuras para completar el árbol genealógico moviliza la escritura y define el modo en que se alinean las hebras que tejen la trama familiar: “Un Ami 8 corta el aire/ de 1989/ con una familia adentro./ Mi prima aprendió a manejar/ con ese auto en decadencia./ Un sábado/ cuando cruzábamos la plaza/ la puerta de atrás se cayó/ y tuvimos que bajar a buscarla. (…) mi hermana y yo/ aprendíamos al mismo tiempo/ qué es la velocidad,/ por qué las madres enloquecen/ a sus hijas,/ cómo grabar en la cabeza/ imágenes de una mujer automovilista/ antes de que el futuro se la lleve.” La anunciación de la falta, y la enunciación de la pérdida, van de la mano. Lo que perdimos regresa una y otra vez de manera insistente y nada garantiza que se pueda cancelar la repetición de la ausencia. La imaginación aquí dibuja una zona de contacto entre el territorio real de lo conocido y la extrañeza de las propias vivencias, nosotros mismos en un momento nos desconocemos y recurrimos a nuestra biografía mental para averiguar quiénes somos con el paso de los años.
Hay un aprendizaje interior relacionado con la caza, un ritual que en las colonias, o pueblos, de provincia define un modo de vida que implica un saber que se transmite de generación en generación: “Soltate un poco/ me dijo mi papá el día/ en que me enseñó a disparar./ Con el ojo pegado a una escopeta/ yo solamente pensaba/ en sentarme a masticar chicles/ en el bar del Tiro Federal./ Mi papá estaba empecinado/ en que me volviera cazador,/ pero no le gustaría saber/ lo que años más tarde/ aprendí a cazar”. La cacería es un conocimiento y es una habilidad desde la cual aprendemos a relacionarnos con los otros, la atención en el arma en realidad es una analogía con respecto al modo en que nos imaginamos los distintos planos de la realidad como un paisaje sentimental donde guardamos todas nuestras esperanzas y todas nuestras pérdidas.
Lo aprendido tiene que ver con el orden de la supervivencia, de la sexualidad y con el orden de lo sobrenatural: el pensamiento mágico y el deseo trazan el horizonte hacia el que nos dirigimos y además orientan nuestras decisiones: “Nunca más volví a ver/ tantas luciérnagas juntas./ Nos gustaba agarrarlas/ para mirar su luz fosforescente/ dentro del puño./ En el campo/ donde las cazábamos/ se instaló una vez/ un campamento gitano./ A la tardecita,/ las gitanas venían en patota/ a leer las manos de las mujeres/ que cuidaban las casas./ Mi mamá se hizo leer la suya/ en el portón del patio./ No me acuerdo qué le dijo/ esa gitana,/ pero después de darle un billete/ nos metió a todos adentro/ y se sentó a fumar”. Así se produce una sincronización entre las voces del más allá que hablan de los caminos de nuestra vida como en una premonición o como en los ramales de un río y la visión del cazador recién entrenada donde la presa termina por ser aquello que recubre de significación nuestros actos.
La ausencia en sus diversas formas  acompaña la narración familiar mientras los proyectos de nuestros seres queridos se derrumban a nuestro alrededor: Más tarde aprendimos./ Yo me volví huérfano,/ los padres de mis amigos/ empezaron a tirarse/ platos y adornos/ antes de iniciar divorcios,/ y así nos dimos cuenta/ de que dos desconocidos/ en un mismo lugar/ pueden formar/ la mejor familia. (…) Cuando mi mamá empeoró/ mi hermana Tani tuvo que aprender/ a poner inyecciones./ Practicaba con una naranja/ o un pedazo de carne”. Aprender aquí también supone adquirir destrezas para lentificar aquello que resulta ser irreversible. La imaginación termina por ser un talismán tan efectivo como la técnica más sofisticada para mantener nuestra memoria, a nuestros ancestros y a nuestros seres queridos en pie: “Yo tenía trece años./ Iba a la escuela/ ponía la mesa/ y no paraba de pedalear./ Tanto que cuando mi mamá/ hizo su última transmisión/ desde la tierra/ y se despidió del mundo/ en la nave espacial de su cama,/ yo estaba subido a mi bicicleta/ pero mirando al cielo/ para verla despegar”. El relato de la infancia lleno de fantasía no es negación de lo ocurrido al contrario transforma lo vivido mediante la reconciliación de todas nuestras contradicciones y de las contradicciones de aquellos que compartieron nuestra misma fábula o relato sentimental: son las paradojas de los afectos los que nos definieron como si fuésemos tan solo un reflejo de lo que fuimos.
Estos poemas pueden funcionar como una suerte de bildungsroman pero con una particularidad, el aprendizaje que realizamos nunca es progresivo ni definitivo: hay un punto que se repite y es el de la falta y pareciera ser que todo aprendizaje regresa siempre a ese mismo lugar. Parafraseando a una canción de The Smashing Pumpkins, Santiago Venturini nos recuerda que todavía no hemos perdido nada de nuestra juventud y eso que nuestras vidas han cambiado. Crecer implica aceptar nuestros deseos por inexplicables que parezcan y que no volveremos a ser los mismos y aceptar el tejido interno de carencias con los que escribimos nuestro pasado que aún resuena y palpita en nuestros sueños.

 

En la colonia agrícola

6.

Nunca más volví a ver
tantas luciérnagas juntas.
Nos gustaba agarrarlas
para mirar su luz fosforescente
dentro del puño.
En el campo
donde las cazábamos
se instaló una vez
un campamento gitano.
A la tardecita,
las gitanas venían en patota
a leer las manos de las mujeres
que cuidaban las casas.
Mi mamá se hizo leer la suya
en el portón del patio.
No me acuerdo qué le dijo
esa gitana,
pero después de darle un billete
nos metió a todos adentro
y se sentó a fumar.
Tal vez pensó
en lo que había escuchado
y tuvo miedo del futuro,
tal vez solamente pensaba
en lo que iba a cocinar
antes de que sus hijos termitas
atacaran la mesa o las sillas.

 

14.

Los habitantes
de la colonia agrícola
viven rodeados de campos
aunque a veces se olvidan.
Hasta que un domingo
ven desde la ruta
la forma verdadera de la tierra:
una extensión dividida
con postes de alambrado
que tienen dueño.
Acelerando sobre el asfalto
que pusieron otros colonos
pegan los ojos al horizonte,
aprenden la lección del paisaje.
El campo parece
demasiado elemental
pero esconde cosas.
A doscientos metros
alguien que levanta un brazo
no se ve.
De noche
lucecitas de autos ocupados
por dos personas
se hunden en la oscuridad.
Una vez
te internaste en los campos
con alguien.
Cuando terminaron
y te acomodabas la ropa
viste la ciudad desde lejos.
Era una masa naranja
hecha con la energía
de luces públicas,
brillando en el medio de lo negro.
Como si una nave nodriza
con la tripulación de todas
las caras que conocías
acabara de aterrizar
sobre la superficie nueva
de un planeta.

 

25.

En la mutación de la adolescencia
los fresnos de la colonia agrícola
nos parecían más verdes.
Algunos no pasaron de esa edad,
peleaban contra sí mismos
en el cuadrilátero de sus cabezas
y perdieron.
Como Natalia
mi compañera de escuela.
En la calle Chacabuco
está la ventana ovalada
de la pieza en la que se colgó.
No fue la única.
Pienso en el chico lindo
que todos vimos ese sábado
en la discoteca.
Cuando salió ya era de día
y se fue derecho a cazar
con su papá y unos amigos.
Cargó su rifle con resaca
y mientras los cazadores
avanzaban por el campo
se voló la cabeza.
A la hora en que se escuchó
el disparo
algunos dormíamos borrachos,
tres mujeres caminaban
con ropa deportiva,
una chica se sacaba el maquillaje
en el espejo del baño.

 

27.

Cuando mi mamá empeoró
mi hermana Tani tuvo que aprender
a poner inyecciones.
Practicaba con una naranja
o un pedazo de carne.
Fue su enferma personal
durante años.
Si mamá no podía dormir
ella no dormía,
si tenía hambre
ella también.
Era su doble sano
siguiéndola del baño
a la pieza.
Al final
la primera hija
que tuvo mi hermana
fue su propia madre.
En el último tiempo
la alzaba como a un bebé.
Yo tenía trece años.
Iba a la escuela
ponía la mesa
y no paraba de pedalear.
Tanto
que cuando mi mamá
hizo su última transmisión
desde la tierra
y se despidió del mundo
en la nave espacial de su cama,
yo estaba subido a mi bicicleta
pero mirando al cielo
para verla despegar.

 


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